París, julio de 1955. Louis Malavieille, un francés de 48 años, planeaba el viaje de su vida. Acababa de cumplir su sueño comprando un nuevo deportivo, y de repente se veía ante su Porsche 356 Pre-A 1500 S Coupé plateado del año 1953 cargando el equipaje y el material de acampada. Louis estaba muy ilusionado por lo que le esperaba junto a su esposa Madeleine y a sus dos hijos, Patrice y Franc-Loup: nada menos que una ruta de ida y vuelta de unos 10.000 kilómetros en cuatro semanas, desde París hasta el extremo norte de Noruega. Ese viaje sería una empresa arriesgada incluso hoy en día con carreteras asfaltadas en todo el recorrido, pero en aquella época en que la red europea de autopistas no era más que una idea de futuro, el plan de Malavieille parecía un propósito condenado al fracaso. No obstante, hay que tener en cuenta que la familia viajaba en un 356, uno de los deportivos más avanzados de su tiempo. Así, los Malavieille vivieron una experiencia que nunca olvidarían y que forjaría para siempre su pasión por la marca Porsche.
El hecho de que hoy podamos contar esta historia se lo debemos al noruego Øystein Asphjell. Ferviente admirador de Porsche y Volkswagen, colecciona y restaura vehículos con motor trasero extremadamente inusuales en una granja al noreste de Oslo. Un día, mientras buscaba en un foro de Porsche piezas de recambio para un proyecto de restauración, su mirada se detuvo de repente en una imagen.
Aparentemente, era una fotografía en color antigua pero muy bien conservada, en la que se veía a un niño junto a un 356 plateado con matrícula negra de París. Estaba de pie junto a la barandilla de un ferri sonriendo feliz a la cámara, con un fiordo en calma a sus espaldas y una cadena montañosa enmarcando la escena al fondo. ¿Qué historia habría detrás de esa foto?
Esa pregunta no dejaba de rondar la cabeza de Asphjell, así que decidió contactar con quien hoy posee la fotografía. Este se llama Jean-Michel Malavielle, y su padre, Franc-Loup, es quien aparece en esa imagen a los trece años junto al 356 en el ferri. A su vez, Franc-Loup es uno de los hijos de Louis Malavielle.
Han pasado más de 70 años
Poco después, la revista Christophorus se reúne con Franc-Loup Malavielle, que ahora tiene 83 años, para conversar con él. Han pasado más de setenta años desde que la familia emprendió aquel viaje aventurero, pero sus recuerdos se han mantenido imborrables hasta hoy. "Era otra época. Por aquel entonces no hacía falta un todoterreno para irse de vacaciones con toda la familia", afirma.
A mediados del siglo XX, la red de carreteras en Escandinavia aún estaba poco desarrollada y escaseaban las autopistas. La mayoría de las familias tenían que conformarse con coches como un Volkswagen Escarabajo, un Citroën 2 CV o un Fiat 500, pero el padre de Franc-Loup no era un hombre cualquiera. Nacido en 1907, Louis Malavieille era arquitecto de formación y un exitoso empresario dedicado a los revestimientos de plástico. En ese sector industrial, se hizo con diversas patentes en la década de 1950. Pero, sobre todo, Louis era un entusiasta del automóvil, especialmente la competición.
Gracias a su interés y a su gran inventiva, el joven francés había conseguido un puesto en el fabricante francés Renault, donde desarrolló una transmisión controlada por ordenador muchos años antes de que esa tecnología se convirtiera en el estándar de la industria automovilística.
En 1955, Louis cumplió su gran sueño de poseer algún día un auténtico deportivo, precisamente con ese 356 que protagoniza esta historia, el que llevaba la matrícula de París 1945 CJ 75. Quería dar a su familia una aventura inolvidable y conducir con ellos lo más al norte posible. Para él, el 356 era el coche perfecto para aquella empresa, puesto que era rápido y fiable a la vez.
Hoy en día, desde París se llega al cabo Norte tras recorrer casi 3.700 kilómetros de carretera asfaltada. "Sin embargo, las carreteras de entonces eran en su mayoría de grava y de mala calidad", recuerda Franc-Loup sobre aquel viaje todoterreno. "En esa época aún no se llegaba hasta el cabo Norte; el trayecto terminaba en Honningsvåg".
Pero, incluso sin la última etapa, el viaje era una aventura. Saliendo desde París, cruzaron Bélgica y los Países Bajos hasta llegar al norte de Dinamarca. Desde allí, en ferri hacia Suecia y, a partir de entonces, solo había una dirección posible: hacia el norte. Franc-Loup no recuerda bien todos los detalles de la ruta, pero sí tiene muy presente el 356: "Mi padre instaló dos faros adicionales amarillos para que tuviéramos buena visibilidad también por la noche".
Primer gran viaje en familia
Aparte de eso, el coupé se encontraba en su estado de serie. En el deportivo había que hacer sitio para el padre, la madre y los dos hijos de 11 y 13 años, Patrice y Franc-Loup. "Se desmontó el asiento trasero para que hubiera más espacio para el equipaje y la tienda de campaña, y al final Patrice y yo tuvimos que hacer el viaje sentados sobre ella. El calor del motor lo hacía todo bastante acogedor, así que nos olvidamos de lo duro que era en realidad". Detrás, frente al tabique que separaba el motor, había cuatro sacos de dormir, ya que los hoteles eran caros, así que la familia de aventureros solía pernoctar en la tienda de campaña, salvo cuando se alojaban en las ciudades. "Fue nuestro primer gran viaje en familia", dice Franc-Loup, "y, en realidad, no nos aburrimos en ningún momento. Gracias al 356, también interactuábamos continuamente con los lugareños. Aquel coche era una rareza por allí arriba".
Pero lo principal no fue solo el vehículo y los encuentros con los locales, sino también la experiencia de conducción. En el fiordo de Geiranger, hoy Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, el 356 llegó al límite de sus posibilidades. "La bajada por aquella carretera de montaña fue bastante emocionante", rememora Franc-Loup. "Era muy empinada y con un montón de curvas. Aún recuerdo perfectamente el olor de los frenos calientes". En aquel momento, su padre no había dicho nada, pero estaba realmente preocupado. Una avería en aquella región habría catapultado a la familia directamente a la siguiente aventura. Sin embargo, Louis fue prudente e hizo paradas cada poco para enfriar los frenos y abastecer a los suyos de agua fresca de manantial. Y así, los Malavieille llegaron en su deportivo hasta el punto más septentrional que se podía alcanzar en coche en aquella época. Con ese viaje se adelantaron a su tiempo, ya que la carretera hasta el cabo Norte no se abrió hasta 1956. Pero, el viaje aún no había terminado en Honningsvåg, y el camino de vuelta también les depararía nuevas sorpresas.
A pesar de que las carreteras de grava seguían marcando el nivel de tracción, la ruta a través de la Laponia finlandesa resultaba fascinante, con una naturaleza completamente diferente. En lugar del paisaje escarpado de Noruega, lleno de montañas y fiordos, la "tierra de los mil lagos" —así se conoce a Finlandia porque hay más de 180.000— se exhibió en todo su esplendor. En algunas de las fotos se aprecia el coche decorado con ramas de enebro y una cornamenta de reno procedentes de un campamento de samis.
La visita al pueblo indígena del norte de Escandinavia es otro de esos momentos que quedan grabados a fuego en la memoria. "Para nosotros, como niños, fue una experiencia aterradora, porque en los cuernos del reno aún se veía la sangre de la matanza", recuerda Franc-Loup. "Pero aún conservo en mi escritorio de París el cuchillo sami que me compró mi padre después en Enontekiö, Finlandia".
El cuentakilómetros marca 10.000
Para recordar el viaje, Franc-Loup no recurre solo a los recuerdos de su memoria, y es que su padre también era un apasionado de la fotografía. En la década de 1950, la mayoría de las fotos privadas aún se hacían en blanco y negro, pero él ya utilizaba películas en color de Kodak. Se han conservado algo más de una docena de aquellas fotos, que narran esta historia única de una familia y su deportivo que sigue siendo fascinante a día de hoy. "Al final, el cuentakilómetros marcaba 10.000", afirma Franc-Loup. "Sin una sola avería".
De vuelta en París, la pasión por Porsche quedó sellada para siempre. Poco después, su padre Louis adquirió un 356 A 1600 rojo, y también los hijos, Franc-Loup y Patrice, quedaron cautivados por el mito.
En la actualidad, cuentan con una amplia red de contactos en el mundo Porsche francés, y Franc-Loup conduce un 911 Carrera 4S (991), al igual que su hijo Jean-Michel, que fue quien puso en marcha esta historia publicando la foto en el foro. Él también se ha propuesto algo parecido a una misión: encontrar el 356 de su abuelo Louis, aunque la búsqueda ha sido infructuosa hasta la fecha.
En cambio, Franc-Loup tuvo éxito cuando regresó al norte de Noruega hace dos años. Esta vez sí logró llegar hasta el cabo Norte, el punto más septentrional de Europa. Un momento para la eternidad. "Sin embargo", añade Franc-Loup con una leve sonrisa, "los mejores recuerdos son los de la infancia".
Información
Artículo publicado en el número 419 de Christophorus, la revista para clientes de Porsche.
Texto: Axel E. Catton
Fotos: Privadas, Vince Perraud
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